No, no lo haré. En mi próxima visita a Cracovia me niego a visitar este escenario del horror porque su verdadero cometido ha sido vulnerado totalmente.
¿Se imaginan una ciudad solo habitada por niños? ¿Y que esos niños, en su totalidad, fuesen pobres? Sí, ¿se imaginan una ciudad de unos tres millones de habitantes, más o menos del tamaño de Madrid, plagada de rostros famélicos y cuyos protagonistas son todos menores de edad?
Hace bastante tiempo, en un documental de televisión, vi cómo una niña de unos ocho o nueve años, aferrada a la mano de su hermanito que debía tener apenas tres, explicaba con unas lágrimas que le resbalaban por las mejillas cómo ella y su hermano sobrevivían en las montañas de su país extrayendo minerales de la fría tierra.
Tal y como nos decía aquella vieja canción, tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. Quizá sea una forma muy escueta de decirlo, pero a grandes rasgos, probablemente sea así. Aunque eso sí, yo añadiría una cuarta cuestión, la dignidad.
En un tiempo en el cual el racismo y la xenofobia de la extrema derecha está subiendo como la espuma en todo el mundo, incluido nuestro país, sería bueno echar una mirada al pasado no solo para aprender de los errores cometidos, sino también para percibir que siempre ha habido poetas, filósofos, escritores o cantautores que han hecho de su bandera la libertad, la justicia social y la solidaridad entre los pueblos.
Durante estos días estamos viendo el verdadero valor de la sanidad pública, con una entrega admirable por parte de todos los profesionales que forman parte de este colectivo, como médicos, enfermeros, celadores, administrativos y personal de limpieza.
España no es un trapo de colores, ni un himno, ni un rey, ni una formación de legionarios apresurándose con una cabra al lado. Es, o debería ser, un sentimiento que, como todos los sentimientos, nada tiene que ver con la razón y que se expresa con toda su irracionalidad y carga emocional, entre otras cosas, siempre que una selección nacional de lo que sea se pone a perseguir un balón y los ciudadanos, en manada, dejan escapar su pasión con gritos y bufidos.
A pocos kilómetros de Buenos Aires, pero separada por el Río de la Plata, se encuentra una de esas ciudades poco conocidas pero que, sin embargo, bien merece ser visitada.
Atrapada por una cierta anarquía en sus formas, la bella ciudad chilena de Valparaíso regala al viajero un sinfín de contrastes que la convierten en una pequeña joya a ojos del visitante.
En pleno siglo XXI es inaceptable que alguien pueda poner en duda que cualquier persona después de haber trabajado toda su vida y por lo tanto contribuido con sus impuestos al bien común, finalmente no pueda tener una vejez totalmente digna.